Luis Miguel
Campos Ojeda
LOS PINOS
Al estilo de la política nacional
En un determinado lugar de cierto país, surge un movimiento político-social impulsado por los estudiantes de una universidad.
Como en todo acontecimiento de esta naturaleza, los enconos personales no son ajenos. Mientras tanto, un crimen político del pasado proyecta su sombra sobre el presente.
© 2021
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Luis Miguel Campos Ojeda
Luis Miguel Campos Ojeda es abogado con grado de Maestro en Derecho. Nació en Morelia, Michoacán, en el año de 1952. Realizó sus estudios en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, donde fue profesor e investigador de tiempo completo. Allí impartió clases durante treinta años, abocándose fundamentalmente a las materias de Teoría General del Estado y Ciencia Política.
Ocupó diversos cargos en la judicatura y en la administración pública estatal, donde se desempeñó como director de Prevención y Readaptación Social en Trabajo y Previsión Social, y visitador general de Derechos Humanos, además de ejercer la postulancia en su despacho profesional por más de treinta años. Autor de un libro sobre Teoría del Estado, hoy se dedica a la investigación histórica y a la escritura de cuento y novela.
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LOS PINOS
En un determinado lugar de cierto país, surge un movimiento político-social impulsado por los estudiantes de una universidad.
Como en todo acontecimiento de esta naturaleza, los enconos personales no son ajenos. Mientras tanto, un crimen político del pasado proyecta su sombra sobre el presente.
LOS PINOS
Capítulo 1
UN CONFLICTO
—¡Fue-ra! ¡Fue-ra!
El grito era unánime, y esa vez se habían reunido muchos más jóvenes inconformes que el martes anterior. Con el puño en alto y al unísono, también coreaban:
—¡A-se-sino! ¡A-se-sino! ¡A-se-si-no!
Eran los años sesenta, y la ciudad de Guallarelia no era la excepción a los movimientos estudiantiles de aquella época. Con rítmica entonación, la muchedumbre reunida ante el edificio sede del Gobierno en la capital del estado, casi completamente integrada por muchachos, hacía patente su consigna de manera fuerte y directa: pedía la renuncia del gobernador Leodegario Aguirre. Dentro no estaba el gobernante, sino Eleazar Valles, secretario general de Gobierno, quien preguntaba a Bulnes, director de la Policía Judicial, sobre el número posible de manifestantes.
—Calculamos que unos seiscientos, jefe.
—Por supuesto, son más que la vez pasada y, de pilón, no permiten el tránsito por la Calle Real. Esto genera muchas molestias y de plano se está poniendo muy enfadoso; sin embargo, no quiero que se repita otro error.
—Claro que no, señor, aunque la verdad es que ellos tuvieron la culpa…
—Ya lo sé, no necesita decírmelo —lo interrumpió el funcionario—. En realidad, era lo que buscaban y la reacción es muy fuerte, pero resistiremos. La muerte de ese estudiante es suficiente para generar un conflicto que, si no atendemos adecuadamente, crecerá de manera incontrolable. Lo cierto es que incluso le puedo decir que ya venían tramando la provocación.
—Es verdad —confirmó Bulnes—, entre ellos se viene diciendo que con otro «muertito» se cae el gobernador.
—Sí, estas cosas son así, y todo por aquello que pasó y que usted mismo me platicó.
—¿De veras? Y… ¿sería por eso?
—Sí, le puedo asegurar que todo viene desde ahí. El General ha estado acostumbrado a que todos los gobernadores anteriores le rindan pleitesía y, lo más importante, a que no le toquen sus intereses. Así es esto en la política: nunca hay un movimiento espontáneo, siempre hay detrás una «mano que mece la cuna». En el fondo —agregó—, ese era también solo un pretexto que el general esperaba para decidirse a actuar en contra del gobernador. Recuerde usted que el candidato de él era el licenciado Villasana… Pero parece que ya se calmaron allá afuera.
—No, solo se están preparando para acampar; mis orejas ya me lo dijeron: estarán en plantón permanente hasta que renuncie el señor gobernador, según ellos.
Eleazar Valles tomó el teléfono negro que estaba en el escritorio; lúgubre, se distinguía porque parecía más antiguo que los demás. Lentamente lo descolgó y marcó solo dos dígitos. Era una línea especial, directa para cada una de las oficinas de los funcionarios de primer nivel, pero el gobernador tenía otro en su propia casa y, además, otro en la oficina alterna que servía exprofeso para estos casos, a la cual marcó Valles. Esta oficina se encontraba discretamente en el interior de las instalaciones de la Comisión Forestal de la entidad. No la ocupaba nadie, ni siquiera, por supuesto, su director. Dicho espacio se hallaba en un ala de aquella vieja casona de estilo inglés, que, paradójicamente, era diferente del estilo colonial de la pequeña pero hermosa ciudad.
En medio de un bosquecillo diseñado hacia la segunda mitad del siglo anterior, las pocas construcciones que en él se encontraban no eran propiedad de quienes las habían construido, sino que, por la naturaleza de aquel bello parque —que originalmente se planeó para el esparcimiento dominical de los habitantes de la población—, los predios se habían otorgado en comodato por ochenta y nueve años. De manera que, al cumplirse el término, el gobierno estatal las había recuperado y, atinadamente, no había derribado la mayoría, pues constituían un hermoso ejemplo de arquitectura: algunas de art nouveau, otras de art déco y, como esa, de estilo victoriano.
Además de la señalada oficina, se encontraba un salón donde había un mural alusivo a los bosques de la entidad —el cual era particularmente rico en recursos silvícolas— que tenía como personaje central nada menos que al expresidente de la República, originario de ese estado, el general Donaciano Pineda, en una actitud nada casual: la de abrazar protectoramente los árboles de un bosque.
—Señor gobernador, habla Eleazar Valles.
—¿Qué pasa, Eleazar? —preguntó el gobernador de manera amable.
—Se van a quedar a acampar, pero no ha habido disturbios. El jilguerillo ese que los está encabezando…
—El Nepo —cortó el mandatario.
—Sí, ese mero. Habló un rato, se trepó a la reja de una de las ventanas de Palacio y desde ahí los arengó, pero no pasó a mayores; sin embargo, han decidido emplantonarse, según ellos, hasta que usted renuncie.
—¿Algo más? —inquirió el gobernador, a lo que Valles contestó:
—No, no… Sí, son como unos seiscientos… Sí, parece que todos de la universidad… A sus órdenes —concluyó.
—Ahora sí, Bulnes, vuélvame a contar aquel acontecimiento, que, como le digo, explica todo esto que viene pasando.
—Claro que sí, licenciado. Estábamos en Los Pinos, el bosque aquel de oyameles que está para llegar a Ciudad Huerta. Ocurrió el primer año del mandato del señor gobernador, casi al principio; usted todavía no se incorporaba a este cargo y entonces…


